viernes, 6 de diciembre de 2013

LA AUSENCIA DE HORACIO



-¡Horacio!

Nadie responderá. La carnicería habrá sido feroz y los tigres no habrán podido pasar...-¡Ni nunca pasarán!
¿Como hacer que no pasen si les va la vida?

-¡Horacio!

El artificio se encontrará que nadie responde. No podrá saber que, la causa de su vida, fue la premeditación científica de tres chiflados que construirían un hombre.

-¡Horacio!

Soñará la muchacha, cada vez más débil. Sintiendo que la sangre que no se ha ido se convierte en caldo de gérmenes. No quisiera que la tocaran. No podrá moverse, como le pasa a un motor que pierde refrigerante. Cada vez más empastado, deteniéndose...

-¡Horacio!

El francés se apagará con el resto de alcohol carburado de la última lámpara. Su amigo, borracho, estará ahí mientras él se beba la tumba, como un suicida sin mar. Rodeado de selva y naranjas.

-¡Horacio!

Es el destello, un brillo en los ojos. Federico lo mira mientras oye el disparo del arma que creía descargada. Desde entonces Horacio escucharía la ausencia de su nombre. Durante el resto de su vida.

DIOS MIO

Butaldoni terminó de habilitar el último conector y no tuvo que esperar.

(Un refrito de funciones estocásticas, tecnología de la información, estudio de la armonía y varias especialidades más de la física, sumado a los sistemas de georreferenciación, permitieron llegar a la solución del problema.) 

(Butaldoni quería escuchar a Jesús, la demanda final de Jesús en Sinaí, y reprogramaba metódicamente lugar y tiempo de emisión en una matriz que simulaba los rebotes del sonido a lo largo de los últimos dos mil y tantos años e invertía los armónicos de la voz, de forma de recoger el original, luego de todas las variaciones que se hubieran producido. Años buscando le habían permitido establecer que a los sonidos también se les puede aplicar ingeniería inversa y hacerlos confluir en su lugar de origen. En el sitio exacto Butaldoni colocó el aparato de percepción y decodificación.)

La explosión produjo su muerte.